viernes, 17 de abril de 2020

Bienvenidos

















   Bienvenidos a Sueños de Medianoche, un blog donde el alma del escritor se desnuda para dar paso a relatos expresivos y dulces; un lugar en el que se esconden los más oscuros secretos del alma humana; reflexiones prosaicas capaces de intrigar al lector con una mínima pincelada.

   Os invito a introducirse en el subconsciente, observando en éste las fatalidades y alegrías de la sociedad, y con ello, la felicidad y los miedos de vuestro interior... 


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domingo, 14 de mayo de 2017

Nunca te rindas, por favor

“Por favor, no me molestes más. Creo que por una vez necesito descansar; tomarme un tiempo. No quiero seguir dando vueltas a lo loco. Vamos a tomarnos una semana de vacaciones, ¿vale? La necesitamos los dos. Lo sabes. Sabes tanto como yo que debemos dejarlo pasar. Lo ocurrido, pasado es y no podrás cambiarlo por más que lo intentes.

De verdad, hazme caso. Intenta olvidar lo ocurrido; intenta disfrutar de lo que tienes y mejorar tu futuro. Sé que es difícil, que es tema me concierne a mí, pero tú debes ayudarme o caeremos los dos en una oscura letanía…”

-¿Por qué siempre tienes que meterte en todo? Deja que sufra mi soledad, Mer. No necesito los sermones de nadie y menos los tuyos. Quiero seguir palpitando rápido y bruscamente. Tengo que soltar toda la adrenalina que llevo dentro.
-Pero le estás haciendo daño con esa actitud. ¿No entiendes que ya es la hora? Deja que se relaje, que descanse. Pasará el tiempo, ya verás, y todo esto quedará en un recuerdo. Yo me ocuparé del resto. Tú solo déjalo marchar.

La silenciosa conversación se mantenía en secreto ante la multitud. Nadie podía escucharlo. Nadie podía sentirlo. De fondo se oía un breve murmuro, apaciguándose, apagándose poco a poco. Se respiraba un ambiente frío, acomodado por unos sofás de cuero negro en la pequeña sala. Esta decoración no acompañaba al sentimiento de ahogo que se hallaba vigente en la habitación.
-Vámonos a dormir. Ya es muy tarde, y ya empiezo a sentirme un poco mareada, Zack…

- Ve tú, Mer. Yo no te obligo a que no duermas. Quizás seas tú misma la que no deja que podamos dormir todos.
-Yo no tengo la culpa de que le llores en cada momento del día. Y ella nota el cansancio. ¿No la ves? Intenta no quedarse dormida, Zack. Cree que si duerme desaparecerá por completo. Sigue sin aceptar la realidad.
-Lo quería, Mer. Lo amaba con todo su ser. ¿Cómo dejar de llorar? Ayúdanos a conseguirlo.
-Zack, sabes que no puedo ayudarte mejor. Lo intento, soy fuerte por los dos porque sé que eres más sensible en estos momentos. Pero debemos salir adelante, por ella. Porque si ella cae, nosotros también lo haremos y estaremos perdidos.
-Creo que estoy comenzando a endurecerme. Lo golpes me hacen más fuerte, pero…
-¡No hay “peros” que valgan! Conciénciate.
-¿Por ella?
-Por ella, Zack.

Miré de manera pausada la sala. Los sofás estaban ocupados por personas adormiladas, cubiertas en su mayoría con mantas. Reclinados, acostados o apoyados unos con otros, la finalidad era la misma. Intentar no quedarse dormido en esta noche tan oscura. Necesitábamos el apoyo mutuo para seguir en nuestros cabales.  Repasé todas y cada una de las caras de los allí presentes: algunas parecían elevar la comisura de los labios, y en otras podía observar unas gotas saladas y amargas en las mejillas.
Creo que en las mías también podían verse algunas de esas gotas. Me limpié con la manga la señal de debilidad que se percibía en mi rostro y me coloqué serena en el sillón.

-Lo está pasando muy mal, ¿verdad Zack?
-Sí, es un dolor muy profundo. Jamás la había sentido así de hundida.
-¿Por qué le pasan estas cosas a las mejores personas? No creo que ella se lo merezca. En realidad, nadie se lo merece. Sin embargo… ella es… tan buena. No llego a comprender la situación.
-Yo tampoco, Mer. Siempre ha sido una niña feliz y grandiosa. Sé que llegará lejos. Estos golpes duelen con más intensidad al principio. Después comienza a relajarse. Nuestra niña se hace adulta…
-Zack, creo que ahora eres un pilar muy grande para ella.
-Sí, confía en su instinto. Pero para ser tan joven tiene demasiadas cicatrices. Espero que podamos levantarnos de esta.
-Siempre hemos salido adelante. Siempre; y esta no va a ser la excepción. Ella lo intenta, quiere ser fuerte. ¿Lo notas? Observo su comportamiento y estoy en su mente.
-Pero no lo consigue.
-Sí lo consigue. Piensa que debe ser valiente y afrontar la vida tal y como le ha tocado vivirla.
-Y también está su madre…
-Exacto, Zack. Su madre.
-Debe ser fuerte por ella, ¿verdad Mer? Deben apoyarse mutuamente.
-En estos instantes piensa en ella y en su bienestar. ¿Qué te dice eso Zack?
-mm… Es más fuerte de lo que su interior siente.
-A veces llorar, sentir dolor o preocuparse por los demás no significa ser débil. Quizás sólo sea una manera de escape, de desahogo. Simplemente es ella misma en su totalidad.
-Porque es sincera y pura.
-Exacto, Zack. Porque no esconde lo que siente. Deja al descubierto su alma, y por supuesto, a ti. No por eso debes sentirse desprotegido. Cuantas más cicatrices, más aventuras habrás vivido, y más experiencia me aportarás a mí.
-Tienes mucha suerte, Mer. Los golpes me los llevo yo y luego tú los solucionas. ¡Cámbiame los papeles!
-Te equivocas. Los golpes psicológicos también son muy perjudiciales.  Los dos necesitamos de nuestra ayuda. ¡Ah! Y más suerte tienes tú que puedes sentir sus más sinceros pensamientos.
-¡Espera, Mer! Creo que está cesando. La sensación de ahogo está desapareciendo poco a poco.
-Quizás sea porque está quedándose dormida. Sus ojos no podían soportarlo más, y yo también estoy agotada…
-¿Y yo qué debo hacer, Mer?
-Dejarla descansar por un día. Dejemos que llore un poco más antes de caer en un profundo trance. La ayudaré en eso.
-Te ayudaré. Buenas noches, Mer.
-Hasta mañana, Zack. Coge fuerzas, los próximos días serán tormentosos.
-Soy todo cicatrices, ¿no lo recuerdas, Mer? Lo haremos por ella.
-Y por su madre, recuérdalo siempre.
-Sí, y por su madre.

En breves instantes mi cabeza empezó a relajarse. Mi cuerpo comenzó a acomodarse al sillón para hacerse un hueco en él. Recogí la manta que se situaba encima del reposabrazos y tapé con ella a mi madre, que se hallaba recostada sobre mí. Me cubrí con la manta restante y conté los últimos segundos antes de quedarme dormida.
Vi a mi padre, ayudándome a montar en el columpio cuando sólo tenía cuatro años; a leer mi primer libro de la escuela, siempre risueño y dispuesto. Unos ojos marrones me miraban orgullosos cuando saqué matrícula en el instituto. Y su abrazo cariñoso, mientras decía unas palabras a mi oído que nunca olvidaré, en la gala de Fin de Carrera.
Su imagen se desvanecía mientras decía esas palabras. Su miraba oscura y enternecedora no señalaban un “adiós”, sino un “hasta pronto”. Sin embargo, esas palabras no se borrarían fácilmente, se quedarían marcadas en mi corazón y en mi mente para siempre.

Eva Lermas Fernández




lunes, 20 de febrero de 2017

Un poco más

Ya sé que no puedes oirme, que no puedes leerme, que no puedes mirarme a los ojos. Ya sé que estamos tan lejos que no llego a alcanzar ni la mínima sombra de tu cuerpo. No consigo entenderte, tampoco me acostumbro a estar sin ti. ¿Pero qué debo hacer si estamos tan cerca, pero a su vez tan lejos?
Mi corazón busca un pequeño recuerdo olvidado. Quiere curar la herida que dejaste cuando te fuiste, aunque, quizás, ahora se haya transformado en un rasguño sin apenas apariencia. Quiero entenderte, y a la vez, quiero olvidarte. ¿No sería más fácil que no nos hubiéramos conocido? Quizás sean las cosas del destino; amar a una persona que no pueda ser correspondida. Enamorarse de alguien que se siente tan lejos.
Porque, de verdad, quiero amarte sin esconderme. Tonta y libremente. Abrazarnos, salvajes, en el sofá que tanto nos atrapaba cuando volvías cada mañana. Notar tus caricias sobre mi espalda, de manera lenta, pausada. Sentir tus labios rozar mi piel desnuda.
Sí, mi piel aún erizada sigue sintiendo todos esos movimientos junto a ti.
Porque te quiero. No puedo evitarlo, es un deseo irreparable que debo controlar. Es una bomba a contrareloj que hay que desactivar. Porque te quiero desde el día que me miraste a los ojos y sentí ese “nosequé” recorrer hasta la última parte de mi cuerpo. Esas miradas discretas, esas sonrisas cómplices; el simple  roce de mis manos peinar cariñosamente tu cabello.
Claro que me enamoré. Locamente. Pero no ese amor obseso; sin esa necesidad de control. Un amor joven, fluido, sin dueños. Un amor confiado, sin vergüenza, sin rencor. Pausado y cariñoso. Un sentimiento libre que aflora en mi interior sin maldad.
Y como tal amor debo dejarte ir, porque te quiero, porque te amo más que a mi propio egoísmo.
Ya no me oyes, no me lees. Ya no puedes verme. Y sin embargo, nuestras almas siguen unidas en la distancia. Quizás llegue el momento en que nos encontremos, o quizás mi corazón acabe acostumbrándose al olvido.

Aún no lo sé, pero por ahora, creo que seguiré queriéndote un poco más. 

Eva Lermas F.

domingo, 15 de enero de 2017

Relato 1, Una Realidad Deducible


[Se dirigió hacia un pantalón mal colocado en la silla y cogió el dinero necesario. Aún desnuda, miró a su cliente, cavilando sobre su futuro.

—Eres como los demás, ¿lo sabías? —No conseguía mirarle a la cara.

Asombrado por aquellas palabras, el hombre no supo qué decir. “Quizás esté surgiendo efecto. Quizás me esté convirtiendo como los demás… ¿Valdría la pena? Es lo que tanto ansiaba…” [...]

Lo miró con indiferencia. Sacó un cigarro de la cajeta que llevaba en el bolsillo de su pantalón ajustado y lo enchufó sin pudor. Acabó por beberse el vino que aún se situaba en la mesa manchada por cocaína y sudor. “Nada va a cambiar” Pensó mientras lanzaba el mechero en dirección al hombre que la había contratado.

[...] “Nada va a cambiar. Todos los hombres son iguales…”]

Un fragmento del relato 'Maldita la hora', uno de los veinte que aparecen en 'Una Realidad Deducible.
La reflexión sobre la vida personal e íntima de una persona se abarca en este texto. Un relato lleno de dudas, de emociones y a la vez de sabiduría; un relato distinto, quizás cruel, pero genuino y revelador.
Cada uno debe hallar su camino, y debe elegir, de manera consciente, cuál va a ser el final de su Realización Personal.

Eva Lermas F.

¡'Una Realidad Deducible', ya a la venta en El Corte Inglés, La Casa del libro, Amazon y por la web de Chiado Editorial (tanto en ebook como en papel)!

jueves, 29 de diciembre de 2016

Intocables

¿Cómo puede ser que pueda levantarme otra vez? 
Ni si quiera yo lo sé. Mis rodillas siguen magulladas, mis manos encorbadas sobre la arena. El sudor se precipita sin aviso por mi frente hasta llegar a mi nariz puntiaguda.
Cae valiente al suelo y se disuelve.

Yo sigo mirando al suelo. Diminuta. Incapaz.

No soy nadie, me repito. No soy nadie.
Y mi pasado sigue atormentándome fugazmente. Mi presente empuja sobre mi cuerpo una carga que no sé si soportaré. Y mi futuro se visiona entre las llamas de una manera endurecida.

¿Y cómo puede ser que vuelva a levantarme de esta? Seguiré preguntándome una y otra vez.
Una imagen aparece en mi cabeza. Un día, un momento, una casualidad, un abrazo. Quizás una risa, o quizás solo sea una simple mirada. Pero ahí están ellos.

Me tienden la mano y me sonríen sin malicia.
"Vamos Eva. Este no es tu punto y final. Solo el comienzo de una nueva etapa."
¿Cómo puedo seguir caminando? Me preguntaréis algunos. Porque los tengo a ellos. Porque no son nadie, pero lo son todo para mi.

Eva Lermas F.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Tus ojos color café

Leí en algún sitio que los ojos color café eran inmensos. 
Pero no de tamaño, no. 
Inmensos por su grandeza, de su pureza. 
Podías sumergirte en ellos, bañarte. 
Y te arropaban según los miraras,
cariñosos, acaramelados. 
También podían abrir un agujero negro en tu alma, 
fríos, e impasibles. 

Sin embargo, en su mayoría podían abrazarte con un solo parpadeo.

Esos ojos color café tenían una mirada. 
Una mirada de amor, 
una mirada de odio u olvido. 
Una mirada que te desnudaba sin proponerlo, 
pero que, al final, acababa queriendo sutilmente.

Eran relucientes, brillantes e intensos. 
Unos ojos alocados, 
que conseguían una segunda oportunidad. 
Que acababan siendo perdonados sin miramientos.. 

Pero ese café era de calidad. 
Un café para tomar solo. 
Para disfrutarlo de la misma manera que su fuerza,
intensa.
Porque no sabías cuánto duraría aquella mirada.
Porque no entendías el porqué de aquellas sensaciones.

Esa mirada podría conseguir lo que se propusiera; 
esos ojos escribirían historias, 
conseguirían películas. 

Ambos, tan hermosos, escribirían poesía.



Eva Lermas Fernández

martes, 22 de noviembre de 2016

Rarezas

No entiendo cómo podemos aceptar que se discrimine tanto a las personas. Que haya tantos grupos sociales y tanta diferencia entre éstos. Y si no se encuentran en el tuyo, debas ser un bicho raro.
No todos tienen la oportunidad de estudiar, ni de tener unos padres que les comprendan, o unos gustos comunes a la gran mayoría. En realidad, no todos somos iguales, y cada uno debe hallar su camino sabiendo que éste va a ser dificultoso según elijas. Pero, no por esta razón, por ser diferente a la mayoría, significa que tales personas sean inferiores.

No entiendo cómo podemos tratarlas de esta forma, como tampoco entiendo el por qué los demás dejamos que así sea.

En verdad, la culpa no sólo la tienen los que critican o actúan, sino los que observamos, pasivos, que todos estos actos ocurran solo por no ser discriminados y tratados como ellos.

Creo, más aún, que incluso nosotros, los que no hacemos nada, somos los más culpables de todo.

Eva Lermas Fernández